Black Gate (Capitulo 1)


Esta historia surgió en un vuelo de hora y media que tome para ir de la ciudad donde estudio a visitar mi hogar. Realmente me sorprendí lo que puedo hacer con mi metodología de escritura una vez que tengo el tiempo de pensar en las escenas, y la imagen de personajes que quiero dar. Pero por ese mismo desarrollo exponencial me quede el titulo de historia corta ya parece no aplicar para esta sección. Probablemente logre expandirlo a una mini-novela, pero bueno de momento es una novela tipo thriller bastante obvia para algunos, un poco interesante para otros, en fin. Me gustaría que me dijeran que va a pasar, o mejor dicho que quieren que pase. Trabajar y jugar con esas ideas me parece, lograra una lectura mas activa. Y... Miki no tiene domingo. Los dejo con una sonrisa de criminal y espero me dejen una que otra idea.

Capitulo 1
Meditando en el pecado se entiende que aun cuando los 7 de ellos, que aunque son tan humanos como aquellos que los nombraron “pecado”, nos damos cuenta que no los mismos hombres se ven inclinados a cometerlos. La pobreza del pobre lo limita de la gula, lo aislado del ermitaño lo hace olvidar de la envidia, lo inocente del infante le impide reconocer a su Dios como Dios (irónico en muchos sentidos). Los ejemplos siguen y siguen, pero entre mas se indaga en el asunto, mas nos damos cuenta que hay una constante detrás del pecado; el poder. Poder económico, poder autoritario, poder que embriaga de soberbia y ciega con codicia. Subiendo a un humilde mortal al trono, las cabezas comienzan a rodar. Incapaces somos los hombres de tomar posiciones sin dedicar la mitad de nuestro poder en complacer a nuestro ego, y al de aquellos quienes nos han puesto ahí. Pensaran que estas prácticas cuasi-medievales han sido olvidadas, pero se ven diario entre políticos, comerciantes e incluso criminales. Aun cuando suena razonable para los últimos el ser fríos y despiadados con sus congéneres humanos, los otros se supone que sirven a los mismos – y sin embargo no se tocan el corazón para sumir al pobre en la desesperación, al enfermo en muerto, al inocente culpable. 


Las elecciones daban inicio en el pequeño pueblo, que habitaba a millas del asilo. Obviamente el bello parque se adornaba con parafernalia de cada candidato al puesto de alcalde, para ser visto por los transeúntes haciéndolos meditar acerca su decisión en base a la apariencia producida de aquel candidato. Maquillaje por aquí, reflectores por allá, y un poco de gel en las escasas cabelleras de los hombres que en su vida habían pensado en lucir para el público – todo para impresionar a los ojos votantes. Pero como en cada elección, hay una rareza entre los comunes contendientes (el fiscal, el amigo del primo del gobernador, etc.), esta vez un hombre tan común como el agua salina había decidido que era su momento de buscar una dirección en su vida.
Jonah había vivido su vida como un simple mercader del centro de la ciudad, ofreciendo sus productos frescos en el mercado atrás de la iglesia a los creyentes y no creyentes por igual. Era un hombre promedio, de estatura alta, y de un tono suavemente moreno de piel; un bronceado leve por el trabajo de sol a sol que hacía diario. Sus ojos de tono oliva se abrían de apoco dando una mirada sumisa, mismo que con sus facciones, que desde su preparatoria le habían ganado la fama de tranquilo y calmado. Si bien había gente que se asombraba de su estatura no les tomaba mucho darse cuenta de que era el gigante más amable del pueblo. Era común verle en camisas de cuadros y pantalones tipo jean, con botas de trabajo. Su cabello aun castaño por completo entrando a los 40 años, siempre era curto, de un estilo militar que contrastaba con su imagen general de buen tipo. 

Lentamente con esfuerzo y constancia se había ganado el respeto de sus vecinos y amigos. Pronto fue promovido a ser el presidente de una junta de vecinos, luego al de una comunidad, y finalmente había aceptado el puesto de jefe de la comitiva de vendedores del pueblo. Durante sus mandatos, en cada puesto, había sido un hombre justo, un hombre que se daba cuenta de que no todos eran perfectos y que a veces necesitaba de un poco de ayuda para mostrar su verdadero potencial. Curiosamente poca gente se le había opuesto en este trayecto de tiempo, si bien si se había oído de aquellos hombres corruptos que deseaban dicho poder para hacer sus propias fechorías. Pronto los rumores se silenciaban y nuevamente Jonah simplemente seguía con su trabajo. Ninguno de estos “criminales” duraba más de un par de días, cuando mucho una semana, haciendo protestas y marchas para remover a él inexperimentado Jonah de su posición. Todos se asombraban del buen juicio y actitud calmada de Jonah, quien parecía simplemente sentarse a hablar con ellos para convencerles de que ambos eran más poderosos juntos que separados. Aun cuando las sesiones con la prensa siempre se les veía debatiendo con uñas y dientes, Jonah se mostraba calmado y evitaba la confrontación. Él convocaba a sus propias juntas en privado para deshacerse de la tensión que provocaban los medios y nadie podía alegar lo contrario. Era curioso como casi siempre después de estas juntas los problemas subsidian y todo volvía a ser un pueblo feliz y eficiente. La labia de Jonah, había dejado impresionado a más de uno, por lo que suponían que en estas juntas siempre preparaba su mejor discurso, de hecho usualmente desaparecía un par de días antes de dicha junta. El preparar un discurso requiere tiempo para concentrarse, concedérselo a Jonah era algo que su esposa siempre le había permitido, sus hijos bien educados también sabían que papi tenía sus obligaciones, pero que en días festivos era siempre de ellos.
Bien entrados en épocas electorales, dados sus previos logros Jonah, un hijo del pueblo con lengua de plata y corazón de oro llevaba la ventaja obvia entre los votos de la población. Cosa que al Juez de distrito Wilkins no le provocaba ninguna gracia. El juez Frederic Wilkins, era un hombre ya entrado en sus 50 años, probablemente inclusive listo para esas épocas de plata sesenteras. Su cabello entrecano y su físico bonachón denotaban que desde toda su vida había sido un joven de buen peso y al que no le había faltado nada. Sus ojos azules y su piel pronta a enrojecer a cualquier emoción, delataba su herencia aria probablemente sueca. En su rostro ya se veía el soplo del viento que doblaba suavemente su piel en pequeñas arrugas en las comisuras de los labios, su frente y alrededor de sus parpados. 

Wilkins desde ya hacía bastante tiempo había sucumbido a las fuerzas del crimen organizado, obviamente a la escala que el pequeño pueblo podía generar, sus nexos con estos individuos fueron creciendo hasta ceder a mafias más grandes. Su campaña era financiada por gente a la cual no se le podía decir que no, o bueno dependía de la estima que le tuvieses a la conexión entre tu cuello y cráneo – que para Wilkins era bastante importante; probablemente para el resto de nosotros lo debería ser también. La presión de la situación ya había hecho un par de ulceras pépticas en el tracto digestivo de Wilkins, pero no podía dejar de presionar por su victoria, rendirse no ameritaría su cuello, ameritaría su familia y amigos servido en bandeja de plata a mafiosos deseosos de extinguir sus vidas de la manera que les fuese más grata. La imagen de su hija universitaria siendo lentamente estrangulada por las manos de Frank el boxeador, gritando en ahogos suaves el nombre de su padre, mientras se extinguía su vida con una sonrisa suave de Frank, era el motivo de su desesperación y ahincó por no dejar que Jonah ganase.

Wilkins era ya un mafioso hecho y derecho, supuso que era momento de actuar como tal. Llamo a uno de sus contactos y pidió que unos chicos le hicieran un “favor”. Pidió específicamente a Frank, supuso que mantenerlo ocupado sería la mejor idea para mantenerlo alejado de su hija. Por teléfono se le dijo donde ir y cuando ir. Era momento de decidir el futuro de Jonah, y este se veía muy tétrico en manos de un poder que no pertenecía a la ciudad.
El interés de la mafia en este pueblo no era monetario – obviamente ninguno de estas personas suburbanas de clase media tenía el suficiente dinero como para meritar el plomo que podía llover de manos de estos desalmados. No, lo que querían era un pequeño y sencillo lugar donde pudiesen mover mercancía, en lo que la policía se frustraba de buscar en el aire por algo que jamás encontrarían en las bases principales, ubicadas en las metrópolis del país. Lugares discretos como estos abundaban en las zonas vagamente suburbanas del país, pero la unión de las comunidades imposibilitaba el poder tener una buena coartada en caso de que algo sucediera. Aquí era donde el apoyo de la gente como Wilkins les venía como anillo al dedo, gente influyente en las pequeñas urbes era perfecta para convencer a los demás habitantes de que todo eran simples remodelaciones, o turismo que venía a mejorar la vida de las personas. Coartadas sencillas, que sin el apoyo de terceros jamás pasarían como verídicas. Era inverosímil que de repente tanta gente viniese al pueblo de la noche a la mañana, y el desconocer al ajeno le venía fácil a una comunidad tan unida como esta. Todo sucedería en el momento que Wilkins fuese nuevo alcalde, leyes de turismo y actividad económica de Wilkins eran la perfecta estafa para dejar que el pueblo creyese que estos matones, no eran más que nueva fuerza laboral que venían a mejorar sus hogares.

Pasada la media noche, en un café en las afueras del pueblo, una congregación de hombres de indumentaria a saco y corbata comenzaban a estacionar sus vehículos de último modelo. Estos vehículos eran del tipo que denotaban sospecha, pero no la suficiente como para llamar a la policía en el acto. Dos sedanes negros, con ventanas de polarizado leve, impecables uno tras otro. Inclusive los conductores de estos les pasaban un trapo de vez en cuando al estar estacionados, para evitar la acumulación de polvo. Finalmente al cuarto de hora Wilkins arribó en un vehículo que había tenido la cautela de rentar, todo el pueblo le conocía su Mercedes color oliva, por lo que llevarlo a una reunión de esta índole seria un acción idiotica y muy reveladora para quienes lo conocieran. Era un carro no muy vistoso, un sedan común entre las familias, de color blanco, un poco golpeado por el uso – pero esto solo agregaba a la normalidad del carro.
Una vez que Wilkins se estacionó el resto de los hombres se adentraron al café a cenar, mientras dos hombres casualmente se subían al carro de Wilkins, uno de ellos era Frank quien subió por una de las puertas de atras. Frank era un hombre fornido, su apodo de boxeador no se lo había ganado en vano, el hubiese disputado el titulo de pesos pesados. Un conflicto con la autoridad destrozó su sueño y alimento su rabia, un trabajo donde podía “liberar su estrés” y ganar mucho dinero rápidamente capto su atención. Termino en la mafia sin mucho discutir después de eso. El otro hombre que abordó el auto era Terrance quien se sentó en el asiento del copiloto – Terrance no era ni fornido, ni de mala cara, a diferencia de Frank. Terrance era un individuo que siempre sonreía, pero era precisamente por eso que era aun de más cuidado que Frank, un hombre capaz de sonreír de esa manera a pesar de estar en la línea de trabajo que ellos tenían era algo escalofriante. Muchas leyendas se habían contado de cómo Terrance era un ex-convicto de Black Gate, pero nada se había probado.

En cuanto entro al auto Terrance se sonrió y miro a Wilkins con una comodiad y familiaridad que espantaban de manera extraña. “Wilkins, amigo mío, cuánto tiempo sin vernos. ¿Cómo has estado? ¿Tu familia?, me han dicho que tu hija Anne se ha puesto para chuparse los dedos”. Una risa descarada emergiod e la cara burlona de Terrance, esto genero que la cara de Wilkins se pusiera roja del coraje, sin embargo, nada podía hacer en contra de ese hombre. Le tenía demasiado miedo como para pensar en golpearlo, menos con Frank detrás de el mirando sus movimientos. Se limito a responder sin interés “Todo bien Terrance, nada que te interese”. Terrance disfrutaba esa inhabilidad de Wilkins de defenderse, era casi como voltear a una vieja tortuga para patearle el abdomen blando bajo la coraza dura. Un simple juego para el. “Oh, vamos viejo Wilkins, no pongas esa cara larga no querrás que los votantes vean tu cara más arrugada por fruncir el ceño.” Nuevamente se carcajeo lo que irrito a Frank, quien en voz profunda terminó el juego del otro “¿Para qué nos llamaste gordo?”. Terrance chasqueo la lengua y miro por la ventana, no tenía sentido para el conversar con Wilkins si no era por molestarle. “Veras, Frankie, las elecciones no van viento en popa que digamos…” Frank intervino súbitamente “Sabes lo que te pasara si no cumples con tu parte del trato ¿verdad?” Wilkins titubeo unos momentos “Si…si… si lo sé, pero es por eso mismo que quiero su ayuda chicos. Verán ahí un sujeto en las elecciones quien se ha vuelto un problema, si algo pudiera suceder, no se un pequeño accidente, eso me ayudaría a cumplir con mi parte del trato”. Terrance regreso la mirada a donde la conversación y rio suavemente bajo los dientes “Joseph Wilkins, acaso estas convirtiéndote en un mafioso de carne y hueso”…

1 comentarios:

anama dijo...

Muy buen 1º capitulo, vamos por los demás. ^_^

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